escrito por Pilar.
Me encanta escuchar el silencio. Levantarme temprano en otoño y subir a la montaña cuando el sol empieza a asomar. Tumbarme para contemplar el cielo, los primeros rayos sobre el mundo. La inmensidad de la naturaleza. Pero ahora casi no hay tiempo para eso. Toda relación con la naturaleza se ha olvidado. Por eso yo trato de recorrer el mundo intentando cambiarlo.
Cuando era pequeña siempre era diferente, una semi-humana, en un mundo de elfos; una semi-elfa en un mundo de hombres. Fui criada entre elfos, sin embargo, no pertenecía a ese lugar. Ni a ese, ni a ningún otro. Nunca recibí amor, cariño, o un simple halago.
Desde que nací, fui instruida en el arte, la cultura y naturaleza. Cuando era pequeña, y mis maestros se irritaban por la lentitud de mi aprendizaje, huía al bosque para encontrar un lugar donde nadie me juzgase, un lugar donde empezar a encontrarme a mí misma. El bosque era mi escondite, mi refugio. Pero un día fue algo más. Después de horas de caminar, el bosque comenzó a llevarme por sendas desconocidas, atravesé ríos que no creí que existiesen y conocí criaturas que no creí poder encontrar… y, de pronto, llegue al claro.
Estaba lleno de todo tipo de seres de diferentes clases y razas, todos ellos se encontraban en un estado de inconsciencia, salvo uno. Era un humano y estaba sirviendo a una dríade. Yo caminé a través de ellos, no sabía quiénes eran, ni a quien adoraban. Mi familia era fiel seguidora de Correllon, pero yo nunca sentí su poder o su llamada. Pero allí, sin embargo, sentía algo. No sabía explicarlo, ni siquiera ahora puedo expresarlo con palabras, pero allí pude encontrar aquello que necesitaba; amor. En silencio, comencé a seguir a aquel humano. Éste no dejaba de realizar pequeñas tareas para la dríade, que -al observar el color y forma de su piel- descubrí que debía de ser una hamadríade de un almendro. Al llegar el atardecer la dríade y el humano volvieron a su posición en el círculo. En ese momento, todos despertaron, hicieron varias plegarias y se marcharon, todos menos el humano y la dríade. Éste cogió algo de su capa y se lo entrego a la hamadríade, quien, sin perder un segundo, vino rápidamente hacia mí. Me abrazo y me entrego aquello que pertenecía al humano, quien había desaparecido. Era el símbolo de la que a partir de ese momento sería mi diosa, Mielikki. Nada más tocarlo un gran destello de luz nos rodeó a la dríade y a mí. Durante unos minutos no puede ver nada, la luz había desaparecido y con ello mi visión. No sé cuánto tiempo estuve ciega, pero durante todo ese tiempo puede sentir con más intensidad el bosque. Poco a poco recuperé la vista, pero algo ya había cambiado, mis ojos antaño castaños, ahora eran verdes, de ese verde que sólo puedes ver en lo más profundo de los bosques.
Cuando me miras hay un instante en que lo ves, ves aquello que todos han olvidado, ves la naturaleza que ahora dejas de lado. Mis familiares dicen que mi poder, el poder de mi diosa, obra a partir de mis ojos. Que la forma de llegar a la gente, de servir a mi diosa, es a través de ellos, pero no logro conectar con el resto del mundo. Sé que falta algo.
Ese algo, es lo que yo Darjeeline, clériga de Mielikki, estoy buscando. Y sé que ella me llevará hasta el final de mi camino.
*EL ÚLTIMO HOGAR* "Este tronco inmenso y retorcido es el más alto de todos los vallenwoods del valle". En él se narran historias, en él se viven relatos, él es testigo de mil aventuras, porque en él vive la magia... Este es un mundo mágico... donde los castillos se elevan sobre mares de nubes... y los sueños pasean tranquilamente por la calle... donde todos pueden ser esos héroes que soñaron un día... y y si se dan la vuelta ven sus deseos cumplidos...
"This huge, twisted trunk is the highest of all the vallenwoods in the Valley". Within it stories are told, within it tales are lived, he is witness of lots of adventures, because within it lives the magic ...
This is a magical world ...
where castles rises above clouds seas ...
and dreams walk calmly down the street ...
where every one can be that heroe who dreamed of one day ...
and if they turn back, they see their wishes fulfilled ...
You´ve got a big heart, keep it filled with
happiness, Lord of the Shadows, so you can live more an live forever inside a
heart, inside yours, inside mine...
Every now and then we come across bands who find inspiration for their music in Dragonlance, most often from Raistlin who is unquestionably the saga's favourite character.
DRAGONLANCE MOVIE OFFICIAL WEBSITE
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lunes, 25 de octubre de 2010
jueves, 21 de octubre de 2010
Axxis, el dracónido del rayo.
escrito por Carlos.
Ya desde pequeño notaba que le faltaba algo. Su vida estaba tan incompleta como él mismo. Poco a poco su existencia se consumía en aquel pequeño poblado que poco le había dado. Atrapado en una vida rutinaria en la que lo más novedoso era poder respirar. Eran tiempos difíciles, en los que gobernaba una inestabilidad que hacía que cada nuevo día pudiera ser el último. En un panorama tan desolador sobraba el tiempo y Axxis salió de su pequeña tienda para pasear e intentar encontrar ese trozo de sí mismo que en aquel momento, parecía que nunca llegaría a hallar.
Ya desde pequeño notaba que le faltaba algo. Su vida estaba tan incompleta como él mismo. Poco a poco su existencia se consumía en aquel pequeño poblado que poco le había dado. Atrapado en una vida rutinaria en la que lo más novedoso era poder respirar. Eran tiempos difíciles, en los que gobernaba una inestabilidad que hacía que cada nuevo día pudiera ser el último. En un panorama tan desolador sobraba el tiempo y Axxis salió de su pequeña tienda para pasear e intentar encontrar ese trozo de sí mismo que en aquel momento, parecía que nunca llegaría a hallar.
Siempre había oído hablar del poder de la raza draconiana a la que pertenecía y el gran secreto por el que su tribu era una de las más perseguidas de la tierra. Su conocimiento en el control del espacio-tiempo, era algo conocido por todos. Al parecer, el anciano-jefe tenía en su poder una caja de cristal, que permitía un pequeño agujero de conexión con un mundo muy lejano al actual.
Sumergido en estos pensamientos, no dudó en acercarse a la cabaña del anciano, de donde provenía un resplandor impropio en una noche tan oscura como la de aquella ocasión.
Por una de las aberturas que dejaba la cabaña, pudo observar cómo el anciano meditaba frente a la caja. Su nivel de concentración parecía máximo, como si estuviera asimilando una cantidad de energía por encima de cualquier umbral por él conocido. En ese preciso instante, un jinete a caballo se aproximó a gran velocidad y golpeó a Axxis en la cabeza; era un ataque. El fuego se transmitía rápidamente de una cabaña a otra, los invasores no dejaban títere con cabeza en lo que empezaba a convertirse en una carnicería. Escondido detrás de la cabaña, vio ante sus ojos la más fascinante maravilla que había contemplado nunca. El anciano salió de la cabaña, envuelto en una áurea negra y con los ojos completamente blancos, abiertos como platos. Armado con una espada en una mano, y una maza en la otra, se marcho decidido a por sus enemigos. El poder que envolvía al anciano era tan inmenso que le permitía moverse a una velocidad excepcional y golpear con una fuerza inusitada. Pronto derrotó a todos sus oponentes más cercanos. Axxis contemplaba aquella escena mientras el sonido chirriante e intenso de una danza hasta entonces desconocida para él entraba por sus oídos. Empezó a sentirse más poderoso, más confiado, más exaltado, más motivado. Era otro. Rápidamente cogió la maza que había en manos de un difunto y combatió junto al anciano.
Era demasiado tarde, los enemigos huían tras dejar sólo con vida a Axxis y malherido al anciano, que apenas pudo dirigirse a Axxis durante unos segundos: “Ellos se han llevado la caja...esa caja, otorga un poder extraordinario, el poder de luchar por los oprimidos, de defender los ideales por los que tanta gente ha muerto. Ahora que ya has disfrutado de su poder, sabrás que debes recuperarla y librar al mundo de los enemigos de la libertad”. Extasiado por el combate, el anciano falleció pocos segundos después. Axxis había tenido que ver una masacre para encontrar un verdadero objetivo. Ya nunca olvidaría esa melodía. Mataría por volver a recuperar esa sintonía y ese poder. Axxis partió dejando atrás su poblado y armado con una maza en busca de sí mismo. En ella se podía ver un símbolo: un rayo. ¿Qué significaría?. Sólo había una forma de averiguarlo...
miércoles, 20 de octubre de 2010
Grimnir Matagigantes
escrito por David.
En ese preciso instante, lo único que sintió fue cómo le abrazaba la más intensa oscuridad. No sintió dolor, ni mareo, ni aturdimiento, sino oscuridad. Sólo oscuridad.
En ese preciso instante, lo único que sintió fue cómo le abrazaba la más intensa oscuridad. No sintió dolor, ni mareo, ni aturdimiento, sino oscuridad. Sólo oscuridad.
Poco a poco, la oscuridad fue dando paso a una sucesión de extrañas imágenes agolpándose en su mente, como si todas ellas quisieran salir de su cabeza al mismo tiempo.
Contempló a su familia, a los miembros de su antiguo y querido clan. Vio a su padre forjando el metal con su abrumadora y habitual destreza. Vio a su madre, inscribiendo delicadas runas de poder indecible en las ornamentadas piezas que componían la panoplia de su padre. También contempló al viejo Brann fumando en pipa con su ceñuda expresión habitual. Observó uno a uno a sus compañeros de batalla y de taberna, aquellos que un día, tiempo atrás, fueron sus hermanos de batalla. Le saludaron, todos ellos le saludaron. Quería correr a abrazarlos, volver a sentir la cercanía de sus seres queridos tiempo atrás perdida, aquella cercanía tan anhelada.
Y de pronto, la oscuridad volvió a cubrirlo todo. Las imágenes volvieron a aparecer, pero ahora las llamas lo cubrían todo. Colosales y aterradoras figuras inundaban su mente, causaban dolor y sufrimiento. Aquellos gigantes destrozaban con sus propias manos desnudas las regias fortalezas que conformaban su antiguo y antaño orgulloso reino, transformándolo todo en un amasijo amorfo de hierro y piedra.
Todos sus seres queridos eran brutalmente aniquilados ante sus ojos, y los valientes soldados del clan caían por docenas cada vez que alguna de aquellas bestias asestaba un golpe con aquellos descomunales brazos, tan largos y anchos como la más alta y ancha de las múltiples columnas que aplacaban la furia de la montaña sobre las amplias galerías subterráneas de su reino.
Quería moverse pero no podía. Quería ayudarlos, pero no podía. Quería enfrentarse a los gigantes en una última y desesperada batalla, pero no podía. Estaba de nuevo atrapado en la más profunda oscuridad…
Cuando pensaba dejarse llevar finalmente por el cálido abrazo de la densa oscuridad, una voz le sacó de su ensoñación. Para ser exactos, primero fue una voz, después le siguieron miles. Las voces de aquellos a los que había perdido fueron poco a poco convirtiéndose en una única y poderosa voz. Tan profunda y poderosa como las montañas, tan sólida e inquebrantable como la roca. Su mensaje era claro: “Levántate hermano, pues tuyo es el sagrado deber de saldar uno por uno todos los agravios anotados en el Gran Libro de nuestra fortaleza. Tú eres nuestra última esperanza para alcanzar el eterno descanso, si no lo logras, nuestras almas nuca llegarán a encontrarse con nuestros poderosos Dioses. Ahora hermano, levántate, y lleva a cabo nuestra venganza”.
En ese preciso instante, despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado. Tal vez eones, tal vez segundos. No sabía con exactitud qué fuerzas habían obrado para que se alzara de nuevo. Lo que sí sabía era que debía llevar a cabo su cometido. Abrió los ojos.
La escena que se desarrollaba ante sus ojos era indescriptible. La situación, crítica. El inmenso Skagg Diente de Oro, tiránico y despiadado Rey de los gigantes de Urum-Kor, y uno de los numerosos y malvados gobernantes gigante que habían participado en la destrucción de su reino, se encumbraba sobre el guerrero enano en toda su inmensa estatura, y su colosal pie se disponía a aplastar al molesto estorbo que le había costado cinco de sus mejores guerreros.
El descomunal pie descendió a velocidad vertiginosa. En ese momento el tiempo pareció ralentizarse. Una luz cegadora se apoderó de la figura del guerrero enano, y le imbuyó de una fuerza y destreza sobrenaturales, permitiéndole parar el gigantesco pie con sus propias manos en el último momento.
El suelo comenzó a resquebrajarse bajo él debido a la tremenda presión, y comprendió que si no se libraba pronto de la presa de su enemigo, sería cuestión de tiempo que su robusto cuerpo se convirtiera en un amasijo de huesos, carne y metal.
Y así lo hizo. Desvió el pie de su horripilante adversario a un lado, ganando unos valiosos segundos para levantarse y prepararse para el siguiente asalto.
Se irguió por fin, y pudo observarse en su totalidad su, en parte majestuosa, y en parte bestial apariencia. Su cuerpo estaba forrado en su totalidad, a excepción de la cabeza, de una poderosa armadura de placas oscuras, grabada enteramente con poderosas runas de poder y castigo. Las pocas partes de su cuerpo que la armadura permitía entrever, estaban totalmente cubiertas por unos intrincados e interminables tatuajes de color azul intenso. Se adivinaba la figura de un dragón.
Su cabeza era el único elemento de su cuerpo al descubierto. Sus nobles y poderosos rasgos eran símbolo de la herencia de sus antepasados. Su pelo y su larga y trenzada barba eran de un intenso y claro rojo, casi anaranjado. Sus ojos, de un azul pálido que recordaba a la escarcha, eran fríos y duros como el hielo de las montañas en las que nació.
Palpó con sus manos el preciado Gran Libro de su fortaleza, que yacía en su costado, colgado desde su hombro derecho. Su tacto le tranquilizó.
Recogió del suelo sus dos inmensas hachas gemelas. Las hachas rúnicas crepitaron con furia antinatural al sentir de nuevo las manos de su portador. El tacto del acero enano le inspiró confianza.
Estaba preparado.
Mientras la primitiva mente del Rey Gigante intentaba comprender cómo aquella ínfima criatura había detenido su potente presa, el joven enano cargó con la velocidad y la potencia del rayo contra el pie con el que el gigante sostenía aún todo su peso, y, con un diestro quiebro de sus entrenados pies, logró situarse justo a la altura del talón de la bestia, cercenándolo de un solo y potente tajo de sus hachas gemelas.
El alarido de Skagg fue ensordecedor. Instintivamente, el gigante se agachó para palpar con su mano la herida que acababa de sufrir, gesto que el enano aprovechó para encaramarse sobre la mano de la bestia y, clavando a la vez sus hachas, afianzó su peso.
Lo que ocurrió a continuación sucedió a gran velocidad.
Diente de Oro alzó la mano en la que se aferraba el tozudo enano con la firme intención de masticarlo lentamente y devorarlo en sus siete estómagos. Al hacerlo, el guerrero aprovechó la fuerza del empuje ascendente, y de un ágil salto logró aferrarse al único y gigantesco cuerno que coronaba la cabeza del gigante.
Mientras los brazos de la bestia luchaban por agarrar a la pequeña criatura, el furioso enano envainó sus armas, y agarró con todas sus fuerzas el cuerno de la bestia. Con un titánico esfuerzo de sus musculosos brazos, partió en dos el cuerno de la bestia, produciendo un crujido sordo que resonó en la gran sala del trono de Urum-Kor.
Acto seguido, mientras el monstruo gritaba de dolor, el enano aprovechó su debilidad para clavar de un solo golpe la huesuda extremidad de la bestia en el derecho de sus ojos.
Esa fue la gota que colmó el vaso, ya que el furioso Rey se llevó ambas manos a la cara con desesperación intentando deshacerse como fuera de aquella criatura que estaba causándole tantas molestias. En esta ocasión lo logró, y lanzó al enano con furia hacia el suelo a toda velocidad, el cual habría muerto a causa del impacto, de no ser porque tuvo la fortuna de caer sobre la gran barriga de uno de los cinco cadáveres de los gigantes que yacían en la estancia, y que hasta hacía unos instantes, componían la guardia personal de Skagg.
El guerrero se palpó la cabeza y sintió calor entre sus dedos. La sangre manaba a raudales a causa del estrepitoso impacto, y la vista se le nublaba por segundos. Pero debía resistir, estaba muy cerca de tachar uno de los nombres de su Gran Libro de los Agravios, y no se detendría por una insignificante herida en la cabeza.
Terco y tozudo como todos los de su raza, el enano volvió a levantarse, lo cual enfureció aún más al Rey Gigante, llevándole a cargar contra su minúsculo adversario sin miramientos, dispuesto a terminar con este absurdo cúmulo de infortunios.
Aprovechando la parcial ceguera de su adversario, el guerrero enano se lanzó rápidamente hacia la bestia, esquivando cómodamente su torpe presa, y situándose de nuevo a sus espaldas. Con otro certero tajo de sus hachas rúnicas, el enano cercenó el tendón del pie que le quedaba sano al gigante, haciendo que se desmoronara estrepitosamente en toda su descomunal estatura sobre su gran trono formado por cráneos.
Empleando esos valiosos segundos, el guerrero se situó de un salto sobre la barriga de la bestia y corrió a toda la velocidad de la que sus cortas piernas eran capaces, hasta llegar al cuello de la bestia. Esquivó la presa de la mano izquierda del gigante, después desvió su mano derecha cortándole dos dedos a la bestia, y finalmente empleó toda la fuerza que restaba en su pequeño cuerpo en asestar el mayor golpe que había asestado nunca, con ambas hachas al mismo tiempo.
De resultas de ello, la cabeza de Skagg se separó limpiamente de su gigantesco cuerpo. La boca de la criatura quedó congelada en una espantosa mueca que mostraba pánico e incredulidad a partes iguales, y dejó al descubierto un gran diente formado en su totalidad por oro de la más alta calidad. Sin duda se trataba de oro enano.
Tuvieron que pasar varios minutos que al enano le parecieron horas para que se diera cuenta de lo que había sucedido en un puñado de segundos.
Había terminado con el tercer nombre que yacía en las páginas del Gran Libro de su fortaleza. Procedió a tacharlo con una mueca de satisfacción en su rostro.
La noche era fría y cerrada. Los cuervos graznaban y los lobos aullaban, dispuestos una noche más a comenzar la cacería, pero aún así, los alrededores de la fortaleza gigante de Urum-Kor permanecían mucho más silenciosos de lo normal, ocultos en la espesa niebla de las montañas.
A la entrada de la fortaleza se erguía amenazante un símbolo brutal. La cabeza del Rey, Skagg Diente de Oro, divisaba eternamente los territorios que ya no le pertenecían. Se mantenía clavada en una gran pica, y la espantosa mueca permanecía grabada en su rostro.
A su lado, se erguía un pequeño monolito de piedra, con una inscripción tallada a mano en la lengua rúnica de los enanos, que rezaba lo siguiente:
“Por aquí pasó el último heredero del gran linaje del Clan de los Hijos de la Montaña. Que todo enano que pase por aquí se llene de orgullo, y que todo gigante que vea esta advertencia sepa que antes o después, Grimnir Matagigantes se presentará en su reino para rendirle a su señor los tributos que merece”.
La niebla cubría toda la montaña sobre la que se encumbraba la gran fortaleza de Urum-Kor, y un pequeño destello reluciente, como de oro, fue disminuyendo hasta perderse por las laderas de la montaña. Perdiéndose, para no volver a relucir jamás.
lunes, 18 de octubre de 2010
El Dragón Tuerto.
resumen de batalla.
El Dragón Tuerto.
Ése era su destino. Bajo la incesante lluvia que no cesaba y a merced del cortante y gélido viento de aquel grisáceo otoño, una esbelta figura encapuchada cabalgaba veloz en dirección a la pequeña posada que, sabía, se encontraba al borde de aquel camino. Su capa, en otro tiempo turquesa, ahora negra y marrón por el barro y el polvo, ondeaba tras ella dándole un aura sobrenatural. La capucha iba bien calada sobre su cabeza y no asomaba ni un breve atisbo de sus rasgos bajo ella.
El fuerte percherón, más acostumbrado a llevar a su dama por escabrosas sendas de montaña que a correr a tal velocidad en los llanos, resoplaba fuertemente, tras la larga carrera que se estaba dando, sin embargo, no aminoró la marcha hasta llegar a las mismas puertas de la lúgubre posada, consciente de la urgencia de su viaje.
La joven figura bajó de un ágil salto de su negra montura y ésta se fue sola hasta las caballerizas, en la parte de atrás; ya conocía aquel lugar. La larga capa ondeó una vez más cuando la puerta de la posada se cerró tras ella.
Dentro de la posada había revuelo, pero no mucho; aquel lugar era refugio de viajeros, nómadas y trotamundos; un techo caliente para gente de muchas tierras que se aventuraba a hacer aquel camino tan largo, sobre todo a aquellas alturas del otoño. El posadero, un enano jubilado de larga barba blanca y pelo níveo, saludó a la recién llegada con un ademán de cabeza. Ésta se dirigió a él con paso firme, dejó un par de monedas de oro relucientes sobre la barra y le dijo algo al oído. Tras escuchar largo rato, el enano simplemente asintió con la cabeza y, acto seguido, le entregó una llave a la figura, que aún iba encapuchada. Ésta dio las gracias y subió las escaleras.
Desde la esquina más alejada de la puerta, una figura algo más alta y bastante más ancha observaba la escena. Se trataba de un dracónido, que había recorrido largas distancias a pie, últimamente, y había decidido que no le vendría mal un poco de descanso por una noche. Sus manos aferraban una gruesa jarra de madera de caoba en la que burbujeaba un líquido oscuro.
Sin embargo, éste no había sido el único en ver entrar a la visitante; extrañamente, habían coincidido en aquel lugar dos semielfos, al atardecer de aquel aciago día. Dos semielfas para ser más exactos; ambas, aunque sin hablar y manteniendo las distancias, se habían sentado cerca de la gran chimenea en la que chisporroteaba un vivo fuego para engañar a las congeladas mentes que allí había y que la gente es sintiera algo mejor con su calor.
Unas pocas personas más se congregaban allí. Tres tiflins, guerreros mercenarios sin trabajo por el momento, dos humanos, al parecer pareja, y varios medianos que, aunque no se conocían, enseguida se habían sentado cerca y habían comenzado a charlar animadamente entre ellos.
Una de las semielfas, vestida con una malla brillante y con una larga guadaña cruzada sobre las rodillas, alzó su vacía copa de cristal y el tabernero se acercó presto a rellenársela con el contenido de una trabjada jarra de arcilla, rojo claro.
En aquel momento la puerta se abrió de un golpe tal que rebotó contra las jambas y se cerró también de un portazo, a espaldas del que la había lanzado de esa manera. Todo el mundo dirigió rápidamente su mirada a donde debería haber estado la cara -o en su defecto, la capucha- del ser capaz de lanzar el tablero con tanta fuerza. Pero allí no había nada. Tuvieron que bajar un poco la mirada para descubrir la cara de un enfurecido mediano, de pelo castaño y con la barba recortada. El joven chorreaba por todas partes y llevaba en la mano una pipa de madera, apagada y goteando... probablemente el motivo de su enfado.
El mediano se dirigió hacia la barra, se sentó y pidió al tabernero una jarra de su mejor cerveza rubia; como le dijo al enano de blanca barba, aquellos días andaba cabreado con las pelirrojas y las morenas.
El mediano observó a su alrededor y su semblante se tornó poco a poco en el de siempre; los enfados solían pasársele rápido cuando veía más de dos mujeres en una sala, sobre todo si tenía incluso diversidad de razas. Se fijó en una de las semielfas, que llevaba una cota de plateada malla y un mandoble a su cintura, casi desproporcionado para el tamaño de la joven, pero el mediano sabía que muchas veces las apariencias engañan.
En ese momento, los medianos se levantaron y subieron a sus habitaciones a dormir.
La noche avanzó.
Entonces, una joven elfa, vestida con una s volátiles telas púrpura, de alta costura eladrin, bajó las escaleras. Se sentó en una esquina de la barra y le hizo una señal al tabernero. El enano, a pesar de su corta estatura, se hizo oír y anunció a la sala que tenía un mensaje que dar.
-Tengo un encargo que haceros, mis queridos huéspedes. La noche es ya cerrada y vuestro viaje mañana será duro así que os deberíais ir ya a descansar todos. Sin embargo, ha llegado a mis oídos el encargo de una misión, una misión para recuperar un objeto perdido, peligrosa y difícil. Por supuesto, con recompensa. Los que estéis interesados podéis quedaros un momento, el resto, marchad, las estrellas duermen y el gallo está a punto de cantar, habéis de descansar.
De muy buena gana, la pareja de humanos se levantó y dio las buenas noches al posadero; poco después lo hicieron los tres tiflins, tras haber apurado sus jarras. Sólo quedaron en la sala las dos semielfas, el dracónido y, por supuesto, el mediano. No hicieron ademán de moverse, no había cambiado nada en sus expresiones, salvo un brillo extraño en sus miradas que ahora se dirigían todas hacia el enano.
-Acercaos -musitó éste; lo obedecieron todos, incluida la elfa que se había mantenido en todo momento en una esquina de la taberna, aunque se miraba recelosos entre ellos- iré al grano: una hechicera ha perdido un báculo. Necesita gente para recuperarlo.
-¿De manos de quién? -intervino la semielfa del mandoble.
-De los drows -la elfa dio un paso al frente y miró directamente a la semielfa- me lo robaron.
-Eso es -continuó el enano- y os daré cincuenta piezas de oro a cada uno por recuperarlo; esa será vuestra recompensa.
-Un momento, un momento... ¿cincuenta? ¿por perseguir a unos drows u robarles algo? -preguntó el mediano con los ojos como platos.
-Eso he dicho.
-Espera, creo que no lo he oído bien, ¿estamos hablando de DROWS? ¿Los mismos drows de las historias? ¿los crueles, sanguinarios, seguidores de Lolth, drows? ¿estás de broma, no? Si son como cuentan las historias, cincuenta piezas no nos dan ni para empezar...
-Son mucho peores de lo que cuentan las historias... -la elfa se había colocado al lado del enano- pero yo acepto la misión -respondió sonriendo.
-Si son peores que en las historias -siguió el de la pipa, tozudo- entonces yo también acepto... pero como mínimo quiero ciento cincuenta piezas de oro.
Ante este comentario, el dracónido sonrió y las dos semielfas asintieron con la cabeza, conformes.
-No puedo daros más de setenta y cinco -regateó el enano.
-Ciento treinta -continuaba el mediano- y no acepto menos.
-Cien, y... -añadió el de la blanca barba, anticipándose a las protestas de los demás- hasta que llevéis a cabo vuestra misión con éxito tenéis pensión completa con todos los lujos en mi posada. No puedo ofrecer más.
-¿Con todos los lujos? -el mediano, simulando que se lo pensaba, miró a los demás presentes con un guiño de complicidad, para comprobar si estaban conformes- está bien, yo me apunto -terminó sonriendo.
-Yo también -dijo la semielfa que había hablado antes, sujetando inconscientemente la empuñadura de su espada.
-Y yo -concedió el dracónido con una voz grave y profunda- hace tiempo que no tengo algo de diversión.
Todos miraron a la otra semielfa; se trataba de una clérigo de Mielikki, a juzgar por el símbolo sagrado que colgaba brillante de su cuello. Se había levantado con la guadaña en una mano y la copa de rojizo vino en la otra. Pensativa, apuró las últimas gotas de su vaso de cristal, lo dejó en una mesa con gestos delicados y, parsimoniosamente, miró a todos los demás uno por uno, evaluando la gente con la que estaba a punto de aceptar aquella misión. Sonrió.
domingo, 17 de octubre de 2010
Adara, vengadora.
escrito por Irene.
Nada.
Nada.
Eso era lo que había allí, nada. Apenas se filtraba la luz del sol entre las nubes, la niebla, el feroz viento y los ojos entrecerrados de la joven que yacía en la tierra. Finalmente los abrió, aunque el viento hacía que saltaran sus lágrimas.
No podía moverse a causa del dolor, que invadía todo su cuerpo. Lentamente trató de incorporarse, pero estaba tan débil que volvió a caer, golpeándose contra el suelo. Esta vez el viento no fue lo que provocó que las lágrimas brotaran de sus celestes ojos. “Creo que voy a morir aquí”, pensó. Pero cuanto más lloraba, menos sufría. El dolor se fue disipando, y cuando fue consciente de ello, sintió de nuevo la esperanza. Poco a poco, sus músculos se reforzaron y logró mantenerse en pie. Parecía que hacía mucho que sus huesos no se movían.
Se revisó minuciosamente. Ni un rasguño, ni un moretón. Sangre seca en su piel y en sus ropajes. Comenzó a caminar, y a pocos pasos se tropezó con una cimitarra. Sangre otra vez, mancillando el frío acero. Sangre, ¿de quién? Al hacerse esa pregunta, la joven se dio cuenta de un importante detalle: no recordaba quién era ella misma. De pronto, se sintió muy aturdida, y tuvo que sentarse. El frío comenzó a apoderarse de ella; su ropa estaba rasgada. Entonces, se dio cuenta de que había un papel atado con un lazo a la empuñadura de la cimitarra. Impaciente, lo arrancó y lo abrió.
“No sé si seguiré viva mucho tiempo. Me llamo Adara y he tomado una decisión: acabar con los elfos. Quería que se supiera, que los elfos son más sucios y crueles de lo que todo el mundo se cree. Rechazan su sangre, son unos asesinos… Vengo la muerte de mi padre, asquerosos elfos, hoy vuestra sangre correrá con la suya en vuestros amados campos. No volveréis a verlos. Los elfos me arrebataron a mi padre, me negaron una vida digna.
Si alguien encuentra mi cuerpo, que encuentre esta sagrada confesión. Que yo, la semihumana, logré acabar con esos asesinos.”
Quiso soltar aquel papel y que el viento se lo llevara, pero sólo podía agarrarlo con más fuerza, como si no pudiera librarse de él. Recuerdos, como golpes, se agolpaban en su cabeza.
Llamas. Oscuridad. Sangre. El humo escapando de entre los árboles. Un elfo sangraba. Gritaba con odio y rabia... y su ahogada voz tenía un atisbo de decepción que la niña no comprendía. Gritaba su nombre. Mientras aquel elfo no apartaba sus ojos de ella, los músculos de la pequeña semihumana comenzaron a agarrotarse, todo se volvió gris, y lo último que sus ojos vieron fue al elfo morir. Con su mano, y sujetando con esfuerzo la cimitarra, intentaba alcanzar al elfo. Y entonces…
Nada.
Su cabeza empezó a atar cabos. Sin heridas no entendía su dolor, pero tal vez era una fuerte presión lo que le hizo daño. ¿Un hechizo que a aquel elfo le salió mal? Una buena causa para haber perdido la memoria. Observó sus manos. En su recuerdo, eran más pequeñas. De una niña. ¿Cuánto tiempo llevaba bajo el efecto del hechizo? ¿Cuántos años habían transcurrido?
Si era una asesina, quería entender, quería saber qué había ocurrido. Quería respuestas. Así, enfundó su cimitarra, manchada de sangre de elfo. Golpeó con sus pies descalzos el suelo y alzó la vista. Por fin se sentía fuerte.
Tenía un nombre. Una identidad. Una garantía de que alguien la esperaba, aunque fuese para matarla. Ahora caminaría sin descanso hasta el anochecer. Adara recordó que le gustaba la niebla y se echó a reír.
viernes, 15 de octubre de 2010
Tuän, duende, inventor y caminante.
escrito por Diana.
Tuän es de los pocos gnomos sin un kilométrico nombre. Alguna vez lo tuvo, como todos, pero lleva tantos años perdido en sus ensoñaciones que lo ha olvidado. Eso si, posee una prodigiosa memoria para todos y cada uno de los artilugios que ha ideado a lo largo de sus 38 años de vida. En su mente habitan dibujos perfectos de cada pieza y engranaje de sus ingenios –los que llegaron a construirse y los que no-
Nacido en las islas Moonshae, se crió en una pequeña cala del mar Moonshae. La familia de Tuän, bardos, consiguió mantenerse un tanto al margen de los humanos gracias a sus dotes extraordinarias para generar historias. Los humanos, siempre más preocupados por otros asuntos, recompensan esta habilidad, que logra distraerles por un momento, con comida o cualquier otra cosa que pueda necesitar la familia de gnomos. Lernyton, el hermano mayor de Tuän, el más conocido trovador de la zona, llena plazas enteras de gentes deseosas de escuchar sus relatos. Nadie sabe si la viveza que cobran sus historias es por su melodiosa voz o por el efecto de su corto pelo rojizo encarándose con el sol. Gracias a las facilidades que otorga tener un hermano tan conocido, Tuän se centró en hacer realidad todo aquello que pasaba por su cabeza, siempre con dudoso éxito. Buscando que sentara la cabeza, Lernyton dejó de mantenerle. A Tuän sus locuras, o genialidades, nunca le han dado de comer. Aparentemente nadie necesita un pantalón plagado de coloridos cascabeles, los gnomos son demasiado reacios a hacerse notar. Años y años de sequía –si alguno de sus inventos desaparecía jamás afloraba el dinero de su pago- obligaron a Tuän a robar para sobrevivir. Con el paso del tiempo, y la pérdida de valores morales que conlleva dedicarse a ser amigo de lo ajeno durante la mayor parte de su vida, Tuän a veces ya roba cuando algo se le antoja. Pero no lo hace son maldad, solo se ve impulsado a ello.
Aún siendo joven, descubrió que el caldo de su famoso “rábano a la pimienta” –famoso por lo malo que está, aunque a Tuän le encanta- es un perfecto ácido que corroe cualquier cerradura. Fue entonces cuando sus amigos y colegas de profesión empezaron a llamarle “quitanieves”, siempre abriendo el paso a todos los demás. Este caldo mágico le ha permitido recaudar sus más preciadas posesiones, como el broche que sujeta su capa que cogió mientras curioseaba los aposentos de un criado semi-elfo de la reina Alicia Kendrick una vez que viajó junto a Lernyton a Alaron para que este hiciera un espectáculo especial a la reina. El cascabel (…) Su pipa proviene del famoso árbol de Kislan (que sólo crece una vez cada 10.000 años) que al podarlo te regala una pipa de fumar. Tuän se encapricho de ella cuando la vio en los labios de un misterioso montaraz de pelo lacio en la esquina de una taberna que Tuän solía frecuentar. El caballero estaba más interesado en un personaje tumbado en el suelo más que por vigilar sus cosas. Tüan pensó que estaba loco. Pero aún así le robó la pipa. El hecho de no tener más preocupación que no quedarse sin tabaco y las mujeres (pocas se resisten a su encanto) le han hecho ganarse el apelativo de truhán. Es más, el lema de Tuän es: “abriré cualquier cerradura, incluso la de tu corazón.”
Tuän es de los pocos gnomos sin un kilométrico nombre. Alguna vez lo tuvo, como todos, pero lleva tantos años perdido en sus ensoñaciones que lo ha olvidado. Eso si, posee una prodigiosa memoria para todos y cada uno de los artilugios que ha ideado a lo largo de sus 38 años de vida. En su mente habitan dibujos perfectos de cada pieza y engranaje de sus ingenios –los que llegaron a construirse y los que no-
Nacido en las islas Moonshae, se crió en una pequeña cala del mar Moonshae. La familia de Tuän, bardos, consiguió mantenerse un tanto al margen de los humanos gracias a sus dotes extraordinarias para generar historias. Los humanos, siempre más preocupados por otros asuntos, recompensan esta habilidad, que logra distraerles por un momento, con comida o cualquier otra cosa que pueda necesitar la familia de gnomos. Lernyton, el hermano mayor de Tuän, el más conocido trovador de la zona, llena plazas enteras de gentes deseosas de escuchar sus relatos. Nadie sabe si la viveza que cobran sus historias es por su melodiosa voz o por el efecto de su corto pelo rojizo encarándose con el sol. Gracias a las facilidades que otorga tener un hermano tan conocido, Tuän se centró en hacer realidad todo aquello que pasaba por su cabeza, siempre con dudoso éxito. Buscando que sentara la cabeza, Lernyton dejó de mantenerle. A Tuän sus locuras, o genialidades, nunca le han dado de comer. Aparentemente nadie necesita un pantalón plagado de coloridos cascabeles, los gnomos son demasiado reacios a hacerse notar. Años y años de sequía –si alguno de sus inventos desaparecía jamás afloraba el dinero de su pago- obligaron a Tuän a robar para sobrevivir. Con el paso del tiempo, y la pérdida de valores morales que conlleva dedicarse a ser amigo de lo ajeno durante la mayor parte de su vida, Tuän a veces ya roba cuando algo se le antoja. Pero no lo hace son maldad, solo se ve impulsado a ello.
Aún siendo joven, descubrió que el caldo de su famoso “rábano a la pimienta” –famoso por lo malo que está, aunque a Tuän le encanta- es un perfecto ácido que corroe cualquier cerradura. Fue entonces cuando sus amigos y colegas de profesión empezaron a llamarle “quitanieves”, siempre abriendo el paso a todos los demás. Este caldo mágico le ha permitido recaudar sus más preciadas posesiones, como el broche que sujeta su capa que cogió mientras curioseaba los aposentos de un criado semi-elfo de la reina Alicia Kendrick una vez que viajó junto a Lernyton a Alaron para que este hiciera un espectáculo especial a la reina. El cascabel (…) Su pipa proviene del famoso árbol de Kislan (que sólo crece una vez cada 10.000 años) que al podarlo te regala una pipa de fumar. Tuän se encapricho de ella cuando la vio en los labios de un misterioso montaraz de pelo lacio en la esquina de una taberna que Tuän solía frecuentar. El caballero estaba más interesado en un personaje tumbado en el suelo más que por vigilar sus cosas. Tüan pensó que estaba loco. Pero aún así le robó la pipa. El hecho de no tener más preocupación que no quedarse sin tabaco y las mujeres (pocas se resisten a su encanto) le han hecho ganarse el apelativo de truhán. Es más, el lema de Tuän es: “abriré cualquier cerradura, incluso la de tu corazón.”
martes, 12 de octubre de 2010
Kuive, salvaje criatura
escrito por Lore.
Caminé durante muchas horas después de aquello. Las horas pasaron a volverse días y los días se convirtieron poco a poco en meses. Vagué, sin rumbo fijo, por los bosques y las montañas cercanas, dando grandes rodeos sólo para volver al sitio de donde había partido, vadeando ríos, hablando con osos y compartiendo cuevas con búhos y murciélagos. Las estaciones pasaron, un invierno, dos, tres…
Caminé durante muchas horas después de aquello. Las horas pasaron a volverse días y los días se convirtieron poco a poco en meses. Vagué, sin rumbo fijo, por los bosques y las montañas cercanas, dando grandes rodeos sólo para volver al sitio de donde había partido, vadeando ríos, hablando con osos y compartiendo cuevas con búhos y murciélagos. Las estaciones pasaron, un invierno, dos, tres…
Andaba perdida. Tras haber conseguido que enterraran a mi familia, había huido del pueblo y de la granja, no podía soportar el vivir con gente civilizada; todo me recordaba a mi familia, a mi madre. Y el dolor era demasiado insoportable. Me convertí en un ente errante, vagando por los bosques, preocupada solamente por alimentarme y vivir. Preocupada por sobrevivir, como una autómata.
Mis pasos me guiaban certeros hacia arroyos y fuentes, manantiales naturales en las profundidades del bosque y de las rocosas. Mis instintos me enseñaron pronto a cazar, mi mente consciente se relegó a lo más profundo, protegida por las neblinosas cortinas del olvido.
Tenía pulseras y collares que había hecho yo con unas lianas finas que había descubierto resistentes. Tenía armas, afiladas con uñas y dientes a base de esfuerzo y sangre. Tenía ropas, las que me había llevado de la granja, hechas jirones una tras otra. Pero sobre todo, tenía ese brillo en la mirada, el brillo de alguien que lleva varios años sin un solo contacto con alma humana, el brillo feroz de las bestias del bosque, de los predadores de las montañas, el brillo del olvido y la sed de una venganza infructuosa. Salvaje e indómita, había perdido mi alma para ganar la de la Tierra.
Perdida ya la cuenta de los veranos que llevaba vagando por la madre naturaleza, ocurrió algo. Si la mañana hubiera sido de invierno, habría afirmado que amanecía fría y brumosa, si hubiera sido de primavera, o de verano, habría jurado que el sol me bañaba la cara al abrir los ojos, tumbada sobre las ramas más altas de un flexible aliso que se erguía en el centro del bosque, en los lugares a los que no había accedido nunca nadie civilizado. Pero era otoño, estaba a punto de cumplir diez años, aunque yo ya no lo recordase. Y lo que me recibió fue un mar rojizo y naranja, lleno de gotas amarillas. Las hojas de mi alma de Tierra.
No recuerdo muy bien aquellos momentos, sólo tengo vagas reminiscencias, momentos, instantes.
Recuerdo un hombre, con un pronunciado bigote –luego descubrí que se llamaba Montolio y que era vigilante-, que apareció de pronto, guiado por los ululares de un oscuro búho. Aquel hombre debió de verme como a una completa criatura salvaje.
Recuerdo que me tendió la mano. Recuerdo que huí. Al día siguiente me volvió a encontrar, me observó y se marchó. Pocos días después, lo vi de nuevo, dejando algo en una roca, deliberadamente a la vista para que yo lo recogiera: era un cascabel; fue mi primer cascabel. Recuerdo haberlo recogido, junto con un gran montón de cuerdas mejor elaboradas que las burdas lianas con que yo me había alhajado. Recuerdo que enseguida comprendí qué quería, porque mi parte de mente elfa, escondida en un rincón, aún estaba alerta. Sin embargo, no me resistí. Cogí los hilos y comencé a tejer una larga tira, más o menos a la mitad de ella, enganché el cascabel, luego seguí trenzando las cuerdas. No recuerdo cuántas horas me tiré haciendo eso, quizá un día y una noche. Recuerdo que, cuando me lo colgué del cuello, quería que se viera bien, quería lucir mi nuevo adorno, aunque no sabía para quién. Así que bajé hasta el riachuelo más cercano y me lavé la cara y el pelo, que me había crecido mucho, y mal. Cuando terminé, me sentía un poquito mejor. Mi alma estaba volviendo a tomar nuevamente el control y mis instintos pugnaban por seguir al mando, pero, poco a poco, fueron quedando relegados.
Recuerdo que, unos días después, Montolio apareció de nuevo, me volvió a tender la mano. Entonces fui con él.
Me llamo Kuive y aquí mi historia volvió a comenzar.
domingo, 10 de octubre de 2010
El olor del otoño
Camino por una calle desierta. El viento agita mi pelo en la larga coleta que he conseguido, después de muchos años. Los árboles danzan a mi alrededor, haciendo variante el claroscuro del anochecer, cual susurrantes sombras a las danzarinas llamas de un eterno fuego fatuo. Es un breve paseo. Sólo voy a la esquina y vuelvo...
Y, sin embargo, a medida que mis pies avanzan por la empedrada calle, lo siento. Primero lo oigo, luego lo veo, luego lo palpo, luego lo huelo...
Lo oigo en el roce de las innumerables hojas al bailar sólo para mí.
Lo veo en el brillo fugaz de alguna de las piedras del suelo, brillantes y aún húmedas de la temprana lluvia mañanera.
Lo palpo en la esencia del aire que atravieso y que me hace flotar.
Lo huelo en el aire, en el cielo, en las nubes y en el suelo, en los árboles, en las hojas, en las piedras... es el olor del otoño.
sábado, 9 de octubre de 2010
Sueño de una mediatarde lluviosa
... las rápidas y vertiginosas notas de la Marcha Turca de Mozart suenan en mi cabeza en estos momentos, nítidas, fuertes, sonoras... breves reminiscencias de un entretejido sueño de una mediatarde lluviosa... en aquel momento, a través de la línea telefónica, las notas sonaban ligeramente distorsionadas por culpa del altavoz, pero no por ello menos melódicas; al fin y al cabo, las manos virtuosas eran las mismas.
Mientras tanto, June se ha tumbado, hecha un ovillo, a mi lado. Cosa rara es que se esté quieta tanto tiempo. Mi pecho sube y baja, en una regular y lenta cadencia, el sutil contrapunto a las rápidas sucesiones de notas que huyen del teléfono bien apresado en mi mano. Tumbada en el sofá, sola, recuerdo el movimiento de esas manos, lo he visto tantas veces... y sin embargo, ahora están lejos, unidas nada más que por una breve cadencia musical -efímera, voluptuosa y eterna- y el delicado telar del sueño de una mediatarde lluviosa...
LLega mi parte favorita, más o menos un poco antes de la mitad de la canción, lo siento, no sé de música, no puedo ser más explícita... Mi mente pasea vagueando por los recovecos de una memoria lejana y cercana, por las calles y esquinas de un amanecer que parece atardecer a los ojos de las grises lágrimas de las nubes. Yo siento todo eso, lo veo, lo noto... y dejo que mis ojos se cierren y que mi mente se pueda concentrar plenamente en las notas de mi obra favorita, tocada por mi artista favorito, con mis manos favoritas y que vague errante por los derroteros donde su alterego la lleve, escuchando, buscando, recordando...
Las notas han avanzado ya del todo, poco a poco han llegado al final. Y se apagan.
Entonces los canalones dejan caer de nuevo torrentes de agua recién recogida. Suena a cascada. Los grillos vuelven a hablar. Se hace, sin embargo, el silencio. June abre un ojo. Mi mirada se fija en el techo. Mi mano aferra el teléfono.
Sonrío.
"Gracias".
Mientras tanto, June se ha tumbado, hecha un ovillo, a mi lado. Cosa rara es que se esté quieta tanto tiempo. Mi pecho sube y baja, en una regular y lenta cadencia, el sutil contrapunto a las rápidas sucesiones de notas que huyen del teléfono bien apresado en mi mano. Tumbada en el sofá, sola, recuerdo el movimiento de esas manos, lo he visto tantas veces... y sin embargo, ahora están lejos, unidas nada más que por una breve cadencia musical -efímera, voluptuosa y eterna- y el delicado telar del sueño de una mediatarde lluviosa...
LLega mi parte favorita, más o menos un poco antes de la mitad de la canción, lo siento, no sé de música, no puedo ser más explícita... Mi mente pasea vagueando por los recovecos de una memoria lejana y cercana, por las calles y esquinas de un amanecer que parece atardecer a los ojos de las grises lágrimas de las nubes. Yo siento todo eso, lo veo, lo noto... y dejo que mis ojos se cierren y que mi mente se pueda concentrar plenamente en las notas de mi obra favorita, tocada por mi artista favorito, con mis manos favoritas y que vague errante por los derroteros donde su alterego la lleve, escuchando, buscando, recordando...
Las notas han avanzado ya del todo, poco a poco han llegado al final. Y se apagan.
Entonces los canalones dejan caer de nuevo torrentes de agua recién recogida. Suena a cascada. Los grillos vuelven a hablar. Se hace, sin embargo, el silencio. June abre un ojo. Mi mirada se fija en el techo. Mi mano aferra el teléfono.
Sonrío.
"Gracias".
domingo, 3 de octubre de 2010
Cuando escribo...
Cuando escribo para una persona, sólo escribo para esa persona. Y cuando lo hago, únicamente busco que se sienta invadida por lo que escribo esa persona; que la llene y que sea la misma, la única capaz de desvelar hasta el más profundo significado de mis palabras. Esa persona será juez y jurado de mis delirios y desventuras. Normalmente, las personas para las que escribo, son jueces justos, a veces demasiado benignos.
Cuando escribo para mí no busco más que complacerme a mí misma; extasiarme, anonadarme, asustarme, reprocharme, alegrarme, distraerme, evadirme, juzgarme, liberarme. De esta forma, la única persona a la que van dirigidas mis letras en esos momentos es a mí; así, soy yo la única que ha de entender a fondo su significado. Y yo soy el juez menos justo de todos, el más duro y el más severo.
Cuando escribo para nadie, a nadie van dirigidas mis retahílas. Así, ninguna persona -yo tampoco-, nadie ha de intentar entender a fondo mis letras; nadie profundiza en el más hondo significado de mis palabras. Cuando nadie es el destinatario de mis súplicas y protestas, de mis aventuras y diarios, cuando nadie tiene el cometido de leer mis divagaciones, es entonces cuando mis versos surgen en esos casos. Y con ello, he de reconocer, que nadie es el juez más justo.
de El Nombre del Viento
"Mis padres bailaron juntos; mi madre con la cabeza apoyada en el pecho de mi padre. Ambos tenían los ojos cerrados y parecían perfectamente satisfechos. Si encuentras a una persona así, alguien a quien puedes abrazar y con la que puedes cerrar los ojos a todo lo demás, puedes considerarte muy afortunado".
jueves, 23 de septiembre de 2010
Kuive, la elfa nómada.
escrito por Lore.
Reinos Olvidados. La Superficie, cerca de una de las entradas a la temible Antípoda Oscura.
Aquella familia, aquella comunidad tenía un campamento al pie de las cordilleras, en un pequeño bosquecillo en la ladera de la última de las montañas. Allí se habían apostado durante muchos años, siempre en la misma época y allí había ido siempre todo bien. El lugar era por el día un sitio hermoso, lleno de animales correteando alrededor, cantos de pájaros y bellas aves exóticas y luz, mucha luz. Por la noche, la oscuridad reinaba en el interior de las frondosas copas de los árboles. En ese bosquecillo, las luminosas estrellas no se apreciaban apenas a través de las grandes hojas, más que merced a un débil trasluz que se filtraba en tonos reverdecidos. Salvo en su claro. En su claro, el claro de los ritos y de las invocaciones, el claro de los días de agradecimiento a los dioses tenía la forma de un círculo perfecto y, sobre él, la gran bóveda celeste se alzaba cual inmenso techado plagado de diamantes. La luna, en los días en que salía, siempre pasaba, en algún momento de su trayectoria, justo por encima de aquel claro. Sin embargo, aquella noche no estaba. La luna era nueva.
Los elfos salvajes se habían sentado todos de la mano, en los bordes del claro, reproduciendo ligeramente más pequeño el círculo. Todos, mayores y pequeños, hombres y mujeres, niños y niñas, ancianos y ancianas, todos participaban con ilusión y alegría de aquel gran rito celeste. Las voces de los varones comenzaron a sonar, agudas, suaves, armoniosas, recitando las palabras y los versos de las canciones que daban gracias al cielo y a las estrellas por todo lo bueno que habían recibido de la naturaleza durante ese breve período de tiempo; eran nómadas, así que al día siguiente volverían a levantar el campamento y seguirían su rumbo, cíclico, estacional. Las mujeres, a mitad de la canción, comenzaron a hacerse eco de las voces de los hombres en un susurrado canon, de tono más grave, más sereno. La música invadió los oídos de todos los animales del bosque y los despertó. Avivó las llamas de los corazones de cada uno de ellos y revitalizó a los árboles y a las plantas. Una estrella fugaz cruzó el cielo sobre ellos. Luego otra, y otra más, una lluvia de estrellas pasó volando sobre el grupo de elfos reunido allí aquella noche.
Entonces ocurrió.
Una de las voces calló de pronto, entre un sonoro gorgoteo. Los demás elfos se silenciaron en el acto, roto ya el hechizo. Los árboles y los animales durmieron de nuevo. Las estrellas dejaron de cruzar la aterciopelada bóveda.
Y en unas décimas de segundo reinó el caos.
Los elfos corrían de un lado para otro, sin saber qué hacer o hacia dónde huir. Los encapuchados les cerraban el paso en todas direcciones y habían aparecido de la nada. Iban armados, muy armados, al contrario que ellos que no llevaban nada. Entonces uno se desembozó al tiempo que gritaba una orden en un idioma inconfundible, un idioma que sonaba ladino y cruel. Su piel negra, su pelo blanquecino y sus ojos brillando rojos en la oscuridad confirmaron los temores de todos aquellos allí reunidos; una única palabra resonó en las mentes de todos los elfos nómadas, ya condenados: drow.
Ella apenas sí había llegado a los seis años. Corrió buscando a su madre, la única persona que le quedaba en el mundo. Corrió de un lado para otro, esquivando mandobles y hachazos y saltando pesadas mazas y cadenas. Entonces la vio. Allí estaba, inmóvil, con el vientre hendido por la espada de un drow que la dejó caer al suelo acto seguido, a los pies de otro. Muerta. La sangre y el dolor cegaron sus ojos y ella corrió en su dirección. Poco le importaba ya que sobre ella se irguiera otro drow con una cimitarra limpia y brillante en cada mano, poco le importaba que cualquier otro pudiera llegar y hacer con ella lo mismo que habían hecho con su madre. Poco le importaba nada en aquellos desoladores momentos. Arrodillada, sollozando, con la cabeza de su madre entre los brazos, la muchacha alzó la mirada.
Aquel drow, el de las dos cimitarras aún limpias, tenía los ojos color violeta. La muchacha lo observó directamente, con la mirada anegada en lágrimas. Clavó sus ojos en los de él y le suplicó clemencia; le suplicó que acabara todo, que los dejaran en paz, le suplicó que se marcharan. Por un momento, un brillo extraño cruzó el violeta, un brillo de duda.
Pero en aquel preciso instante, el drow que había dado la orden de atacar gritó algo, la niña elfa lo vio levantando el puño y entonces el elfo oscuro que se mantenía en pie sobre ella levantó una de sus cimitarras. Al fin, la limpia hoja probaría sangre fresca, la niña elfa sabía que sería su sangre la primera que mancharía aquella pulida superficie. Sabía que la mataría. Sin embargo, no dejó de mirarlo a los ojos, no bajó su mirada verde, brillante por el fulgor de las saladas lágrimas. El otro elfo oscuro volvió a gritar y entonces, la elfa, en los ojos del drow sólo encontró determinación.
La cimitarra descendió, veloz como un relámpago.
La diestra del elfo oscuro agarró a la muchacha y la tumbó en el suelo, junto a su madre, a la velocidad de las sombras, mientras que la cimitarra de la mano zurda descendía vertiginosamente y se clavaba bien profundo en la tierra, apenas a medio centímetro del costado de la niña. El elfo oscuro gritó mientras realizaba este movimiento, descargando toda su rabia y su ira contra la arena. Levantó el puño y el otro drow también lo hizo, complacido, sin embargo, no dejó de observar la escena que creía carnicería. El joven de las cimitarras sacó su arma de donde estaba y con absoluta maestría comenzó a blandir ambas espadas desgarrando la túnica de la niña elfa, haciéndola jirones sin rozar en lo más mínimo la nívea piel de la pequeña criatura. Entonces, sólo entonces, el otro elfo se dio la vuelta, satisfecho.
Confiando en que ella no se moviera, el drow de ojos lilas se agachó en el momento en que nadie miraba y manchó la espalda y la túnica rota de la niña elfa con la sangre de la madre muerta en el suelo.
Para ella fue una tortura; tuvo que mantenerse en la misma posición una eternidad, deseando no llorar, tratando de no convulsionarse con los sollozos, a pocos centímetros de su madre muerta, a pocos pasos de una masacre, a pocos metros de un grupo de enorgullecidos drows que se jactaban de haber acabado con todos los elfos nómadas desarmados sin una sola baja. El tiempo se hizo entonces eterno. La niña elfa no podía más y, finalmente, comenzó a llorar en silencio. Sus hombros se movían de vez en cuando, involuntariamente, a pesar de los denodados esfuerzos que ella hacía por mantenerse inmóvil.
Entonces, eones después, la patrulla de drows comenzó a marcharse. La niña se atrevió a levantar ligeramente la cara, sucia de polvo y lágrimas, y observó los últimos pasos de los elfos oscuros fuera del claro.
El último en salir fue él, cerrando la comitiva para que nadie pudiera darse cuenta del engaño; justo antes de desaparecer en la oscuridad, la niña elfa pudo ver una última mirada de aquellos ojos violetas.
Sólo quedaba ella.
En el claro ya no había vida, ya no había un alma.
La pequeña aguantó unos minutos más en la misma posición, por si acaso. Después se levantó. No necesitaba comprobar nada. Eran drows sus atacantes. No quedaba nadie con vida. Se dio la vuelta y comenzó a caminar por el bosque, casi como una autómata. No tenía tiempo que perder, sabía que, a poca distancia hacia el sur, a las afueras de Coldwood, había una pequeña aldea humana, Maldobar. Quizá allí pudiera encontrar un alma caritativa que se compadeciera de ella y la ayudara a dar a todos sus compañeros y a su familia, a su madre, un buen funeral y un buen entierro, de vuelta a la madre naturaleza.
Salió del bosque a un estrecho sendero. Poco más adelante encontró una señalización en una bifurcación, a un lado: “granja de los Thisteldown”. La niña elfa giró y guió sus pasos hacia la pequeña columna de humo que se observaba un poco más adelante, saliendo de una chimenea.
La última mirada del extraño drow, diferente a los demás, nunca se le borraría de la mente; aquellos ojos… “Lo siento”, decían.
Me llamo Kuive y aquí comienza mi historia.
Dragones y Mazmorras
Pues sí, Dragones y Mazmorras.
Y es que mi novio, unos amigos y yo hemos decidido comenzar a jugar a Dragones y Mazmorras. Así que aprovecho y El Último Hogar se va a convertir en la mesa junto al fuego que pretendía ser en un principio para ir relatando las historias de estos nobles personajes en sus andanzas por el mundo.
Poco a poco iré colocando en la etiqueta de Dragones y Mazmorras todas las historias que os contemos entre los cinco a medida que nuestras aventuras toman forma.
martes, 7 de septiembre de 2010
Soledad...
No me gusta la soledad.
No me gusta, me gusta estar gon gente, con gente a la que quiero, con la Dama de los Mares, con el Señor de las Sombras... sobretodo...
No me gusta la soledad, los días pasan largos y lentos, las horas como si fueran eternidades... en cambio en compañía, en buena compañía, los días pasan como si fueran minutos, como hoy... gracias^^
Hoy he mirado por la ventana, después de que lloviera; he mirado por la ventana y he visto un cielo azul celeste, con nubes bajas, sobre los cerros lejanos; nibes blancas, cuyos bordes brillaban con el reflejo del sol y cuyos interiores se me aparecían blandos, suaves y aterciopelados como el algodón...
Hoy, las nubes, el cielo y el sol sabían que soy feliz.
Vuelvo a serlo de nuevo.
Soy más feliz que nunca, de nuevo... por fin.
Así que aquí estoy, sin querer largarme a dormir, pero sin saber qué hacer. Me siento extraña por dentro, quiero escribir, quiero dibujar, quiero hacer tantas cosas... y, sin embargo, no me da tiempo a nada, o no me decido a nada... aquí estoy, perdiendo el tiemo frente a una pantalla...
Pero hoy ha sido un bonito día después de todo. Así que, nada importa.
Soy feliz.
Homenaje
Mi homenaje al mejor mago que ha existido y existirá jamás
el Amo del Pasado y del Presente
el gran Maestro de la Torre de Palanthas
Raistlin Majere
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